El Duende se fue a New York por dos semanas.
No se pongan a batir palmas nuestros
contumaces enemigos que la intención no es la de quedarnos a vivir exilados
en la Babel de Hierro, sino que sólo se trata de un viaje de trabajo
acompañando al director de Radio-Miami que ha sido invitado a participar
en el Tribeca Film Festival en el que va a ser presentado el documental
"El Hombre de las dos Habanas" realizado por una de sus hijas, la
cineasta Vivien Weisman Lesnik.
La película relata cinematográficamente
la participación de Max Lesnik en el proceso revolucionario cubano y su
batalla en los últimos años contra el terrorismo y los terroristas.
De manera que como no tenemos tiempo
para escribir nuestras acostumbradas notas informativas, hoy vamos a
ocupar nuestro espacio habitual dando lectura a un original artículo que
leímos en el vuelo de American Air Lunes de Miami a New York que
apareció publicado en la revista Nexos que edita la propia aerolínea y
que aparece bajo la firma de la periodista Carolina Delgado, a la que le
damos el crédito merecido porque a este Duende nunca le ha gustado
apropiarse de lo ajeno.
El trabajo se titula "El abanico como
lenguaje del corazón" y como es de suponer trata de la historia de ese
original artefacto que lo mismo servía en los viejos tiempos para
refrescar del calor, que de instrumento de comunicación entre las
parejas de enamorados.
Aunque el abanico es hoy un adorno fuera
de época, su uso se remonta a las civilizaciones más antiguas. ¿Quien no ha
visto películas de las cortes faraónicas en la que esclavos abanicaban al
faraón con enormes abanicos de plumas, que además de refrescarle, espantaban
los insectos. En realidad, se han hallado restos de abanicos en tumbas
etruscas de 500 años antes de Cristo.
En China también era ampliamente
usado. No solo servía para refrescarse sino que era un elemento decorativo y
elegante, y en su realización se utilizaban diversos materiales: sedas, papel,
plumas, bambú, encajes, marfil, maderas livianas, todo decorado finamente.
Los incas y los aztecas también tenían
abanicos, pues entre los obsequios de Moctezuma a Cortés figuraban seis
abanicos de plumas. Entre los regalo de Colón a Isabel la católica al regreso
de su primer viaje a las Américas, figura una abanico de plumas, material
en qué también estaban realizados los cinco encargados por Germana de Foix,
la segunda esposa de Fernando el Católico en 1514.
Sin embargo, nunca nos paramos a pensar
en el abanico plegable, el de varillas que todos damos por hecho En la
antigüedad los abanicos eran de una pieza. Una leyenda atribuye u invención a
un fabricante japonés del siglo VII que tuvo la idea al observar las alas de
un murciélago. Corrobora esta leyenda el hecho de que los primeros abanicos
plegables se denominaron Komori, palabra que en japonés significa murciélago.
Posteriormente el abanico plegable se
difundió a Europa- posiblemente a través de Portugal que entonces exploraba
Asia- y desde su vecina España, donde arraigó notablemente, pasó a América.
Aunque es un elemento muy femenino, en algunas culturas también los han
utilizado los hombres.
Su auge se produjo en los siglos XVIII
y IXX y como en muchos otros casos, los avances tecnológicos acabaron con su
popularidad. En este caso la puntilla se la dio el invento del ventilador a
corriente alterna que aparece en 1891
Una de las mayores y más asombrosas
virtudes del abanico durante su época de auge fue la comunicación entre los
enamorados. En una sociedad conservadora y puritana, los jóvenes carecían de
situaciones en las que pudiesen comunicar sus sentimientos con cierta
privacidad.
Un encuentro a solas hubiese sido
impensable. Las normas de conducta eran muy estrictas pero como todos los
jóvenes de todas las épocas, ellos buscaron sus trucos para amarse sin la
supervisión y el abanico fue su arma secreta.
En las reproducciones y textos de la
España del siglo IXX y aún del siglo XX, especialmente en la zona de Sevilla
y Granada, podemos hallar referencias al abanico, y hasta un significado
propio de cada acción que se hacía con él.
Cuando las damas de aquellos tiempos
iban a bailes lo hacían acompañadas por su madre o por otra persona
adulta, llamada ?Chaperona?. Las Chaperonas tenían los ojos vigilantes por
lo que las jóvenes tuvieron que inventarse un medio para poder comunicarse
con sus pretendientes si ser vistas por éstas. Usaban su abanico en
diferentes formas para trasmitir los mensajes que deseaban.
Hasta aquí esta interesante crónica
sobre los abanicos que leímos en una revista cuando éste Duende volaba
de Miami a New York y que nos sirvió para no quedarnos en blanco en el
día de hoy. Y así nos despedimos de Uds. con mi gallo cantando.
Bambarambay..