LO QUE HOY LES
CUENTO NO LO ESCRIBI YO.
Anoche no
pude sentarme delante de mi computadora y escribir para
Uds. las notas que tenía garabateadas en mi libreta de
apuntes en la que recojo las informaciones que voy
colectando en mis acostumbrados periplos por estas calles
revueltas del Miami de hoy.
Les diré
? y no es una excusa de pretexto- que estuve trabajando
en algo muy especial, una investigación periodística que
cuando salga a la luz pública dentro de unos días, mas
de un plumífero del periodismo local va tener que
poner pies en polvorosa.
Pero
para no dejar de salir al aire en este espacio
habitual de Radio-Miami, les voy a leer una
deliciosa crónica que escribió desde La Habana para el
diario Juventud Rebelde el colega Ciro Bianchi,
periodista, historiador y costumbrista de fino estilo
con quien El Duende se honra con su amistad. . Se
titula el artículo, ?Las calles de La Habana?. Aquí va.
LAS CALLES DE LA HABANA.
La Calzada de Monte se
llama Máximo Gómez, y la de Reina lleva el nombre de Simón
Bolívar. Como Finlay se rebautizó la vieja calle de Zanja, y
Belascoaín se denomina Padre Varela. Pero ¿cuántos son los
habaneros, viejos o jóvenes, que aluden a esas vías por su
nomenclatura oficial? Pocos en verdad, aunque los documentos
y las tabletas que las identifican insistan en recordarnos que
Teniente Rey, Zulueta, Concha y Estrella se llaman Brasil,
Agramonte, Ramón Pintó y Enrique Barnet, respectivamente.
¿Se ha
puesto usted a pensar en el nombre que lleva su calle y por
qué? Algunas se identifican con letras, otras con números. Esa
manera tan racional de distinguir las calles comenzó a
emplearse aquí a partir de 1858 cuando la estancia El Carmelo
se convirtió en barrio residencial. Comprendía 105 manzanas
que se ubican entre el río Almendres y la actual calle Paseo y
desde la calle 21 hasta la línea de la costa.
Esos
terrenos adquirieron mayor importancia un año más tarde,
cuando el conde de Pozos Dulces y sus hermanas obtuvieron la
autorización para parcelar su finca El Vedado y quedó dividida
en las 29 manzanas que se extienden desde las calles G y 9
hasta los límites de El Carmelo. Fue entonces que surgió la
manzana como hoy la conocemos, con sus cien metros por cada
costado. Por la calle Línea, que fue la primera en trazarse en
la zona, circularon tranvías tirados por caballos, vehículos
que fueron sustituidos por la ?cucaracha?, maquinita de vapor
que sobrevivió hasta 1900, cuando entró en servicio el tranvía
eléctrico.
A CAPRICHO
El nuevo sistema de los
números y las letras no sustituyó del todo el modo antiguo y
más pintoresco que se empleó en La Habana Vieja y sus primeras
ampliaciones, y en el que las calles recibían su nombre a
capricho, bien por el de un vecino, una persona célebre o un
suceso que había despertado interés o también por una iglesia,
un comercio o un árbol.
Así, la
calle de Aguacate tiene ese nombre por un árbol de ese fruto
que se plantó en el huerto del antiguo convento de Belén.
Águila, por la imagen de ese animal pintada en una taberna que
existió en dicha calle. Lealtad, por la cigarrería de ese
nombre, y Alcantarilla, por la que se abrió en las
inmediaciones del Arsenal. No faltaba la ironía a la hora de
las denominaciones. Tal es el caso de Economía. Sucedió que un
tal Cándido Rubio, propietario de un taller de madera, fabricó
en esa calle, con tablas de desecho y los mayores ahorros, una
serie de viviendas destinadas al alquiler.
San Rafael
no siempre se llamó así. Se le conoció antes como Del
Monserrate porque conducía a la puerta homónima de la Muralla,
y se denominó también De los Amigos y Del Presidio por el que
existía donde se levantó después el teatro Tacón, hoy Gran
Teatro. Neptuno debe su nombre a la fuente de esa deidad
emplazada donde la calle hace esquina con Prado; se llamó
también De San Antonio y De la Placentera. Suárez, que recibió
ese nombre en honor de un cirujano mayor del Hospital Militar,
fue la calle del Palomar, por uno que allí había, propiedad
del Tío Domínguez. Cervantes fue el nombre original que tuvo
la calle Cienfuegos, y no para que sirviera de recuerdo al
gran escritor español, sino por el periodista cubano Tomás
Agustín Cervantes, director de El Papel Periódico de la
Havana.
RÓTULOS Y NÚMEROS
Fue el despótico capitán
general Miguel Tacón, gobernador de la Isla, quien acometió la
pavimentación y rotulación de las calles habaneras, y también
la numeración de los locales.
Lo dice en
el documento en el que hizo el resumen de su mandato:
?Carecían las calles de la inscripción de sus nombres y muchas
casas de número. Hice poner en las esquinas de las primeras
tarjetas de bronce y numerar las segundas por el sencillo
método de poner los números pares en una acera y los impares
en otra?.
Eso ocurrió
entre 1834 y 1838. No volvería a rotularse ni a enumerarse en
La Habana hasta 1937.
Dice el
historiador Emilio Roig de Leuchsenring que tras el cese de la
dominación española en Cuba, el Ayuntamiento habanero comenzó
a cambiar los nombres de las calles de manera caprichosa e
inconsulta, sin obedecer orden, plan ni sistema alguno, sino
en respuesta a intereses personales, vanidades, razones
políticas y adulonería. A veces, reconoce el historiador, el
Ayuntamiento actuó movido por la buena voluntad. Pero siempre
cada cambio provocaba la protesta del vecindario.
Fue el
propio Roig, en 1935, quien propuso que se les restituyera a
las calles habaneras sus nombres antiguos, tradicionales y
populares, siempre que no hirieran el sentimiento patriótico
cubano. Los nombres de próceres o de celebridades nacionales
de la cultura y la ciencia con los que se rebautizaron esas
calles, debían reservarse, a juicio de Roig, para calles
nuevas o todavía no nombradas. Proponía además que no se diese
a ninguna calle, calzada o avenida el nombre de ninguna
persona viva o que no tuviese al menos diez años de fallecida,
y que no quedara al arbitrio de los dueños de las nuevas
urbanizaciones la denominación de sus calles. En buena medida
los argumentos de Roig tuvieron aceptación en las autoridades
municipales.
En
definitiva, nadie llamó Avenida de la República a la Calzada
de San Lázaro, ni José Miguel Gómez a la calle Correa, en
Santos Suárez. La Avenida de México sigue siendo Cristina, y
Neptuno nunca ha sido Zenea, como Palatino no fue Cosme Blanco
Herrera ni San Rafael, General Carrillo. O?Reilly siempre fue
O?Reilly y no Presidente Zayas, como se leía en sus tarjetas,
y no creo que nadie recuerde ya que Trocadero fue alguna vez
América Arias. Gerardo Machado hizo bautizar con su nombre la
calle 23, en el Vedado, y Línea, en tiempos de Batista,
comenzó a ser llamada Doble Vía General Batista, y ya sabemos
lo que pasó.
EL MURO DE ?EL
MALECÓN?.
Algo similar sucede con
el Malecón habanero. Recibió en sus orígenes, en los albores
del siglo XX, el nombre de Avenida del Golfo en su tramo
primitivo, aquel que se extiende entre el Castillo de la
Punta y el monumento a Maceo.
Después a
ese tramo se le llamó, sucesivamente, Avenida de la República,
Avenida del General Antonio Maceo, Avenida Antonio Maceo. Eran
los tiempos en que esa vía, la más cosmopolita de la urbe,
llegaba justo hasta la estatua del prócer. A partir de 1936 se
fue extendiendo hasta la desembocadura del Almendares y los
nuevos tramos recibieron los nombres de Avenida de Washington,
Avenida Pi y Margall y Avenida Aguilera.
Pero no hay
quien los identifique para llamarlos así, si es que aún tienen
esos nombres, y todos, habaneros y no, aluden a esa vía por el
genérico y popular nombre de Malecón. Así ha sido siempre y
así será?.
Hemos dado lectura
a la crónica titulada ?Las calles de La Habana? del
periodista cubano Ciro Bianchi. Y hasta mañana amigos
de El Duende que con mi gallo me voy can