LA FUGA DEL MACHADISTA FERRARA EL 12 DE AGOSTO.
Hoy el Duende no tiene ganas de escribir. Es
un día de esos que el vago se apodera de mi
y prefiero dejar que sea otro el que haga
mi trabajo. Por eso es que escogimos, para
darle lectura, a un material escrito
originalmente por mi buen el amigo, periodista
cubano Ciro Bianchi cuya columna se publica
todos los domingos en el diario Juventud
Rebelde de La Habana.
El trabajo en cuestión es un material de gran
valor histórico. Trata de la precipitada fuga
del Coronel Orestes Ferrara aquel 12 de
Agosto del año 1933 cuando se produjo el
derrocamiento del dictador Gerardo Machado y
Morales. Ahora, a continuación lo que escribió
el periodista Ciro Bianchi sobre la fuga del
aquel aventurero italiano, guerrero, escritor,
empresario, diplomático, abogado y corrupto
político, que inició su agitada vida en Cuba
como soldado al lado de Máximo Gómez hasta
alcanzar el grado de Coronel de nuestra
guerra de independencia.
Ferrara regresa
a Cuba el miércoles 9 de agosto de 1933, tres días
antes de la caída del régimen. Una conferencia
internacional, tan rimbombante como inútil, lo había
retenido en Londres durante varias semanas, y ya en
Washington, donde esperaba poder entrevistarse con el
presidente Roosevelt, recibió el llamado perentorio de
Machado que lo conminaba al regreso. ?Embarca lo más
rápido que puedas?, ordenaba el dictador en su
mensaje. El país estaba en rebelión abierta y el papel
de mediador entre la oposición y el gobierno asumido
por Benjamín Summer Welles, el embajador de EE UU,
agriaba los ánimos, mientras que la dictadura perdía
sostenes y esperanzas.
Los
días 10 y 11 son para Ferrara de trabajo incesante. Se
entrevista con Machado, que le aseguraba que
renunciaría, aunque nunca estuvo muy decidido del
todo, y con el embajador Welles, a quien reprocha su
gestión mediadora. Conferencia asimismo con
representantes de la política tradicional que se
oponen a la dictadura. Sabe muy bien que la suerte del
régimen está echada. Por eso, sin concurrir al
ministerio, apenas sin salir de su casa, labora, con
el concurso de Ramiro Guerra, Secretario de la
Presidencia, en los documentos que avalarán el
tránsito de poderes: las dimisiones de los ministros,
la solicitud de licencia que hará Machado al Congreso
y que equivale a su renuncia, los decretos que darán
vida al nuevo gobierno? todo un esqueleto que quiere
presentar en orden al general Alberto Herrera,
escogido por Machado como su sustituto.
El
sábado 12 acude al Palacio Presidencial. Son las ocho
de la mañana y en el trayecto desde su casa, en San
Miguel y Ronda, al costado de la Universidad,
advierte las calles insurreccionadas, pero no
agresivas. Allí, para su sorpresa, se encuentra con
Machado. Conversan. Dice al dictador que, junto con
su mujer, viajará rumbo a Miami en el hidroavión
ordinario de las tres de la tarde y que entonces se
trasladarían a Nueva York. Machado confiesa que no
sabe exactamente lo que hará, pero que quizás se
traslade a Las Villas a fin de acampar en el Escambray
con un centenar de leales. A otros diría esa misma
mañana que acamparía en Rancho Boyeros.
Ferrara le recomienda con insistencia que se olvide
del Escambray y salga al exterior, y Machado, en una
especie de limbo, da vueltas por los salones de
Palacio como quien no sabe si irse o quedarse hasta
que decide salir, con la escolta, hacia su finca
Nenita, en la carretera de Santiago de las Vegas a
Managua. En el despacho privado del Presidente, en el
tercer piso de la mansión, junto con Guerra y el
periodista Lamar, Ferrara se vuelca de nuevo sobre los
documentos que deben estar listos antes de la fuga. El
Palacio, tan concurrido en días anteriores, está ahora
casi desierto. Lo abandonan los empleados al advertir
la ausencia de la familia presidencial, y también los
viejos servidores que, ajenos a la política, pasan de
un Presidente a otro. Solo una criada permanece en las
habitaciones particulares del mandatario. Nadie se lo
ha pedido, pero ella las arregla por amor al orden.
SE ALQUILA
Una multitud
comienza a darse cita en las afueras del Palacio. La
documentación está lista al fin y Ferrara y sus
acompañantes se disponen a salir del edificio. La
puerta por la que quieren hacerlo está cerrada y ya
por fuera colocaron en ella un cartelito que dice ?Se
alquila?. La puerta principal está cerrada también y
lo está asimismo la reja de la mayordomía. El policía
que debe custodiarla y que sirve como portero desde
los tiempos de Estrada Palma, da paseítos nerviosos
por el edificio y jaranea con la muchedumbre. Lo
localizan y retira el candado. Ferrara pide a sus
compañeros que lo dejen salir primero, y afuera agita
los papeles que lleva en la mano como para anunciar la
renuncia del jefe del Estado. Estalla el entusiasmo y
los tres funcionarios que ya dejaron de serlo llegan
al coche de la Secretaría de Estado que los espera. La
gente no aguarda más y penetra en el Palacio
Presidencial.
Guerra baja el primero y busca la Estación de Policía
de la calle San Lázaro. Poco después, a la altura de
Infanta, desciende Lamar del vehículo. Ferrara se
dirige a la casa del general Herrera, en L entre 21 y
23, frente a un costado del hospital Mercedes, para
entregar los documentos que a esa altura no interesan
a nadie. Lo recibe el embajador Welles, pero no
puede ver a Herrera. El general no fue aceptado por el
Ejército como sustituto de Machado, y el Presidente es
ya, por obra y gracia del embajador, Carlos Manuel de
Céspedes, el hijo del Padre de la Patria.
Ferrara, solo, debe volver a pie a su casa. Ve pasar,
en su automóvil, a su viejo amigo el nuevo mandatario,
que vuelve la cara para no saludarlo. En el camino se
le suman algunos amigos dispuestos a protegerlo.
Frente a su residencia, mientras atiende al embajador
de España, un tiro que era para él mata a un hombre de
su confianza. Se hace nutrido el tiroteo y el
diplomático insiste en que, junto con su esposa,
busque refugio en su embajada. El matrimonio se niega.
Reitera el embajador su ruego, pero la respuesta es la
misma. Urge hallar una salida. Ferrara pide a su
esposa que se traslade a la casa de su hermana, y,
antes, prepare el equipaje. Él iría a la casa de un
amigo, donde ella deberá reunírsele. Almuerzan, con
buen apetito, unos espaguetis napolitanos.
SIN DISFRAZ
Hay
saqueos, linchamientos, incendios, detenciones? La
radio trasmite noticias inquietantes. Una amiga de la
familia ha reservado dos pasajes en el hidroavión de
las tres de la tarde. El asunto es llegar al muelle
del Arsenal. Ferrara decide hacerlo sin disfraz alguno
y en un automóvil descubierto. Como su chofer se niega
a conducirlo, lo hará un sobrino y lo acompañará su
cuñada. Un sobrino más se suma al grupo en calidad de
guardaespaldas. Ferrara irá también armado. La esposa
acudirá después, en otro vehículo, luego de realizar
gestiones de última hora y recoger las dos pequeñas
maletas donde llevan lo imprescindible.
El
trayecto hasta el muelle es fácil. Evitan, claro, las
vías más concurridas. Por G, el auto tuerce a la
izquierda y gana Carlos III. Lo hace a una velocidad
normal para no llamar la atención. Muchos reconocen
al funcionario del gobierno depuesto; algunos lo
saludan y otros lo increpan, pero nadie lo detiene. A
la altura de Belascoaín, se ve jaleo dos cuadras más
allá, en Reina y Escobar. Están asaltando la casa del
senador Wilfredo Fernández. El automóvil gira rápido
a la derecha, luego a la izquierda y escapa por la
calle Estrella.
En
el Arsenal no hay público. Ferrara abona el importe de
los pasajes y aunque falta tiempo para la hora del
vuelo un empleado le permite pasar al hidroavión. El
sobrino que sirvió de custodio se mantiene fuera,
armado, a la expectativa. Llega la esposa del ex
ministro y ocupa un asiento a su lado.
La
tripulación está ya a bordo, y el capitán de la nave,
un ruso blanco, dispone que el aparato se separe del
muelle y sea atado a la boya. Ya la instalación no
está desierta como lo estuvo antes. La ocupa un grupo
numeroso de jóvenes estudiantes y también de marineros
y soldados. Desde el hidroavión se les ve gesticular,
pero no se escucha lo que dicen. Sí es audible desde
el aparato la voz de las ametralladoras. Disparan
contra la nave. No menos de cincuenta tiros la
impactan. El camarero está muerto de miedo, a punto
del ataque de nervios, y una bala atraviesa el
sombrero de la esposa de Ferrara.
El
motor, el motor, grita el capitán y la nave se pone
en movimiento. Ya en el aire, el piloto toma una
determinación inesperada. Teme que aviones del
Ejército cubano lo persigan y ataquen en pleno vuelo,
y cambia el rumbo y solo lo rectifica cuando se
convence de que no habría peligro.
En
el aeropuerto de Miami un grupo de cubanos increpa al
ex ministro de la dictadura. Ferrara responde a las
agresiones verbales y se lanza contra uno de ellos,
pero cuatro policías vestidos de paisano lo contienen
y lo cargan hasta un automóvil. La pareja se
hospedaría en el hotel Colombus, y de allí la sacan
las autoridades de Emigración para ficharla.
Deben comprar ropa. La de Ferrara, que viste de
blanco, está en un estado deplorable. Tanto que algún
que otro periodista llegó a afirmar que parecía como
escapado de una refriega de masas. Lo ha castigado
duro el sol de agosto y, entre una cosa y otra, lleva
dos días sin cambiarse. Pero no tiene con qué hacerlo
porque las pocas pertenencias que recogieron para el
viaje quedaron en el muelle del Arsenal, de La Habana,
a merced de sus perseguidores que décadas después
todavía las mostraban como trofeo y recuerdo de una
época en la que el pueblo se vio obligado a tomar la
justicia por su mano y que, por su complicidad con la
dictadura y con Machado, hubiera pasado la cuenta a
Ferrara de haberle echado el guante aquel 12 de
agosto de 1933.
Así termina
esta crónica histórica escrita por el colega
periodista cubano Ciro Bianchi que este Duende
se la robó sin permiso suyo en este día de
hoy que este Duende no tenía ganas de
trabajar.
******************************
Y hasta mañana
amigos que con mi gallo me voy cantando a mi
tumba fría. Bambarambay.