Cualquiera
mete la pata.
Y en esta
ocasión fue El Duende quien metió, no una, sino sus dos
extremidadesmientras hacía mis rutinarios ejercicios
cardiovasculares en una maquina de gimnasioque tengo instalada
con ese propósito en mi tumba fría. El resultado fue una
espectacular caída sobre la estera del maldito artefacto que me
provocó rasgaduras en la piel de mis dos rodillas y una
tercera en el tobillo derecho, lesiones no muy graves pero que
me obligaron a tener que ir al hospital. Todo para mantenerme
en forma y por eso casi pierdo toda mi forma. No es la
primera vez que este Duende se cae rodando por el suelo con
mi etérea humanidad. Recuerdo una caída de un caballo medio
cerrero en el año 1959 cuando marcha en una caballería
del Ejército Rebelde al entrar en La Habana al triunfo de
la Revolución. De eso han pasado muchos años y muchas cosas
en este mundo terrenal, pero tengo la escena tan vívida en mi
memoria como si el hecho hubiera sucedido ayer, porque hay
caídas que no se olvidan aunque pasen 100 años. Suerte tuve
entonces, que como ahora, n i un solo hueso me partí. ¡Duros de
pelar que somos los Duende!
Esta caída de
ahora ocurrió el jueves pasado, hace hoy exactamente una
semana y sin embargo no por este aparatoso accidente hemos
dejado de realizar nuestro trabajo diario de periodista
cumplidor, para hacerles llegar a Uds. regularmente mis
crónicas fantasmales desde el más allá, informándoles de
las cosas y casos se suceden en el más acá.
Pero hoy-
siempre hay un “pero” atravesado en el camino- me voy a tomar
un descanso por prescripción facultativa ya que mi médico de
familia me recomendó ayer un reposo de 24 horas, a fin de
que con las piernas inmovilizadas acabe de bajar la
inflamación provocada por las contusiones en mis dos
rodillas y tobillo derecho. Espero que con este receso
obligado y el efecto de los medicamentos prescritos por mi
amigo galeno, mañana viernes “Dios mediante”- como decía mi
religiosa y devota abuelita- vuelva yo a estar en condiciones
de sentarme en mi computadora a escribir de nuevo mis
crónicas miamenses, desde mi tumba fría.
Ya se lo decía
al comenzar mi brevísima colaboración de hoy. Que cualquiera
mete la pata, hasta los Duendes. Y que la cosa es peor
cuando en vez de una pata, se meten las dos. A mis amigos,
que no se preocupen por mí, que mi segundo apellido es “Parrato”.
Y para los que no me quieren bien, pues que sueñen con una
tercera caída de El Duende, por aquello de que a la tercera
va la vencida. Yo por lo pronto no los pienso complacer
teniendo más cuidado a la hora y el lugar de poner mis
pies.
Y hasta mañana
entonces, amigos de El Duende, que con mi gallo me voy
cantando a mi tumba fría. Bambarambay.